La alegría del Espíritu Santo que nos da Cristo Jesús es el comprobar que el Reino del Padre Celestial está destinado para los pequeños: los pobres hambrientos, pacíficos, sencillos, humildes, con hambre y sed de aprender, comparten sus bienes con los necesitados y corrigen sus errores cometidos y abandonan caminos equivocados que han transitado.

A los sabios y entendidos de este mundo se les han ocultado estos requisitos que liberan, que dan sentido verdadero y conducen a la Comunidad de Vida eterna con el Padre y el Hijo.

Felices, dichosos o bienaventurados más que los reyes y profetas seremos si recomenzamos con cero conceptos mundanales de acaparamientos, enllavismos y lujos.

Un Adviento para despojarnos de lo que tanto nos pesa, nos aterra perder y arrastramos sin poder avanzar a la alegría de la misión por construir el Reino de justicia, gozo y paz.