No es conveniente afrontar la Cruz de Cristo en la que están tocas las luchas, dificultades y límites de todo ser humano, sin reconocer siempre que a los pies del calvario está la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra y acompañados por ella cada uno de nosotros.

Es lo que mandó el Señor entregando a cada uno de sus discípulos a la custodia de su Madre.

Nadie debe estar abandonado, ni desprotegido . Por eso, desde aquella Hora, la muerte de Jesús, el Discípulo recibe a María Santísima en su casa.

La Iglesia, el hogar de todos, existe para anunciar la Resurrección de Cristo que vive y reina en la comunidad, en la Fracción del Pan que nos alimenta, fruto de nuestro trabajo a favor de los demás, y así es que nuestras oraciones son escuchadas.

No habrá dolor, lágrima o dificultad en que no haya consolación y apoyo cuando nos entregamos según la voluntad de Dios por el bienestar y la salvación de los nuestros y de los demás. Y esto lo dará el mismo Cristo, nuestro Señor, con su Madre de los Dolores y con la familia de Dios a la cual hemos de clamar en el Cielo y de integrarnos a ella aquí en la tierra.

Si estás alejado de la Iglesia, vuelve a tu Casa… A la Familia de Dios.