La celebración anual de los Santos Mártires del siglo III DC, nos lleva a la época de las primeras persecuciones contra la Iglesia, lo que llevó a está a establecer su régimen de reconciliación y penitencia con aquellos que traicionan la a fe católica por la severidad de los enemigos de Cristo Jesús.
Siempre se perdonan los pecados ante el arrepentimiento de los caídos y traidores a causa de las expropiaciones, torturas y asesinatos.
Así lo determinó el Papa Cornelio en atención a la tradición de sus antecesores romanos en la Silla de San Pedro, siendo el Apóstol Cabeza el primero en vivir el perdón eclesial después de las negaciones al Señor en su Dolorosa Pasión y luego en la Casa de Cornelio en la controversia entre paganos y judíos de Hechos 10-15 y Gálatas 2.
Esta determinación de la Misericordia Divina a la vida sacramental de la Comunión Eclesial puso a prueba la unidad de la Iglesia, por la que sufrió y obedeció a la Sede de Roma, el Pastor y Defensor de la Fe, San Cipriano de Cartago, quien también dió el testimonio supremo de entrega de su gran patrimonio familiar para bien de los pobres, paciencia en las persecuciones y maestro de doctrina y sacrificio con su vida en esta misma época.
Grandes faros de luz de fe y humanidad, que nos llevan a afirmar que la maldad nunca tendrá la última palabra para los hijos de Dios.
