El don de la infancia espiritual encontró su ámbito en el alma de Santa Teresita porque su alma estuvo predispuesta a ello gracias a su familia.
Aquella joven que creyó sin duda alguna desde su niñez una vez que escucho del Evangelio de San Juan: quien coma de mi carne vivirá para siempre, estuvo acostumbrada por su padre el ir juntos a adorar al Santísimo al Templo.
Fue particular su gracia de ver en la Comunión el anonadamiento de Dios en su totalidad. La humildad y la sencillez de la grandeza del Señor.
La importancia de las misiones y los sacerdotes a ellas dedicados eran motivo de su oración constante. Son ellos los que llevan a Jesucristo Sacramentos a los lugares más difíciles y lejanos, sorteando toda suerte de situaciones.
De ahí la urgente necesidad de que en el Cuerpo Místico de Cristo ella quisiera ser el amor, la vocación más importante y difícil de todas. Pocos la cultivan y casi nadie la ambiciona.
Amor caritativo, sufriente, en silencio y en lo oculto.
Uno de mis cinco amores carmelitas, junto a Teresa la Grande, Edith Stein, Isabel de la Trinidad y Teresa de los Andes, modelos y autoras de la verdadera mujer.
