"Las muertes chiquitas" fue publicado por Editorial Planeta en 2019.

Natalia Guerrero

La escritora colombiana Margarita Posada está llorando cuando contesta la llamada de esta entrevista. Le pregunto si prefiere posponerla, pero responde que no, que «igual eso no se va en un día» y dice entre sollozos que esta es la primera entrevista sobre su libro que hará «estando deprimida».

«Uno cree que cuando termina el libro, se acaba la depresión, pero no es así», explica.

En «Las muertes chiquitas», publicado por Editorial Planeta en 2019, la autora intenta explicar -o entender ella misma durante la travesía de la escritura- su depresión y qué fue lo que pasó antes de todas las veces que cayó en un vacío abismo tras haber conquistado frenéticamente alguna cima.

Por un lado, vemos a una Margarita incansable, con personalidad volcánica, que ocupa todos los espacios por los que pasan amigos, amantes y familiares.

Nos presenta a sus mascotas amorosas; nos cuenta sobre trabajos extraordinarios y hasta envidiables que la llevan por ciudades del mundo y por fiestas de euforia desbordada rociadas con alcohol y otras adicciones.

Describe detalladamente y con reflexiones hondas a una femme fatale dominante, intelectual, con ojos brillantes, «del exceso y la exageración».

Esos relatos con confesiones casi de leyenda se trenzan, por el otro lado, con los de la mujer triste y vencida que en varias ocasiones se les mete en la casa y en la cama a sus padres sin poder levantarse ni salir de ahí; que pasa meses vestida con un viejo pantalón de sudadera color amarillo pollo, desarraigada y «rota por dentro».

Catatónica. Una Margarita que hace cálculos meticulosos para suicidarse y que finalmente comparte un pedazo del origen de su depresión: la historia de su abuso cuando tenía cinco años.

BBC Mundo conversó con la escritora que participó en dos charlas en el Hay Festival de Cartagena que se llevó a cabo de manera virtual del 27 al 31 de enero.

¿Por qué está llorando? ¿Por qué se siente tan triste hoy?

Los 11 meses de pandemia he vivido muerta de la risa, ayudando a todo el mundo, sintiéndome Superman, muy llena de vida, pero soy como el coyote del «Correcaminos» que sigue con impulso hasta la mitad del abismo, entonces supongo que siempre habrá este tipo de trastornos.

Hacía dos años que yo no me deprimía, esa es generalmente la tregua que me da esto. Siento una especie de desarraigo, pero todo está bien entonces es rarísimo. Mi casa está limpia, divina, con orquídeas florecidas; estuve tres semanas en mi finca, que es donde está mi ombligo; mi perro fue feliz. Pude ver a mi hermano, a la esposa, a mis sobrinos.

Creo que son como oscilaciones y que las vidas de todos los seres humanos oscilan de cierta manera, pero un poquito más suave, no tan en picada como la mía, y que al final tratar de evitar las crestas de la ola es lo que hace que uno no se caiga tan profundo.

En su libro «Las muertes chiquitas» usted usa una cantidad de metáforas para explicar su comportamiento y sus sentimientos, como, por ejemplo, esa ‘cresta de la ola’ que menciona. ¿Qué significa estar en la cresta de la ola?

La cresta de la ola es un estado de hipomanía. Los que sufrimos de depresión muy seguramente sabemos también qué es sentirnos como si tuviéramos el disfraz de Robocop. Somos todopoderosos, nada nos duele, es como poner el dedo en la vela.

La gente normal quita el dedo cuando se quema, nosotros no. Tiene que ver con mucho aguante y mucha curiosidad, pero con ganas de vivir con temeridad.

La depresión termina convirtiéndose precisamente en el resultado de esa aversión al dolor. Y entonces es como «no me duele, no me duele, puedo más, puedo más», guardando todo lo que se siente durante mucho tiempo.

Después uno termina tragándose su paquetico de mierda en una sola sentada.

Posada
En «Las muertes chiquitas» la autora intenta explicar -o entender ella misma durante la travesía de la escritura- su depresión.

¿Por qué el libro se llama «Las muertes chiquitas»? ¿Cuáles son esas muertes chiquitas?

Cuando firmé el libro, se llamaba «Hablemos de otra cosa», porque generalmente cuando uno le dice a alguien «estoy deprimido», lo primero que responde es «bueno, pero hablemos de otra cosa».

Después terminé poniéndole «Las muertes chiquitas» porque me pareció que honraba lo que se siente estar deprimido, es como estar muerto en chiquito.

Si eso le da a uno la posibilidad de seguir viviendo, pues qué dicha morirse de manera chiquita y no tener que enfrentarse a la muerte grande que es la de suicidarse.

Usted explica qué es y qué no es la depresión, parece que su misión fuera que los lectores entendieran algo al respecto, ¿qué?

Yo creo que al principio sí había como una gran intención de mostrar lo incomprendida que está la depresión en nuestra sociedad, pero luego me di cuenta de que la depresión era incomprendida porque nadie que tiene depresión habla de eso.

Entonces es como salir del clóset y al final yo también termino siendo mucho más dócil con las personas que no fueron capaces de acercarse a preguntarme o de estar conmigo porque sencillamente no tenían idea de qué hacer.

Me he vuelto mucho más empática con ellos porque esperar que los demás lo comprendan es ridículo. Sólo lo entiende alguien que haya atravesado por esos estados, que es como si le arrancaran un cable a uno, el arraigo, el ombligo.

La depresión tiene que ver con las ganas de vivir, no con estar contento o triste. Cuando uno está triste es porque le hace falta algo; cuando uno se deprime, no hace falta nada, pero uno no se conecta con nada tampoco, ni siquiera con lo bueno que le está pasando.

El libro terminó siendo simplemente una explicación para mí misma, muy diferente del que yo me imaginaba que iba a escribir.

¿Cómo era ese primer libro?

Mi mamá se lo dijo a alguien que la entrevistó y yo nunca lo había entendido así: «Margarita empezó escribiendo un epitafio y acabó escribiendo un grito de esperanza», como que ya no era tan cortavenas.

Al principio iba a ser una ficción que transitaba por las vidas de las personas que han estado cerca de mí y que se han suicidado.

Y todo giraba alrededor del suicidio y de lo que nos salva. De pronto hubo un momento en el que vi que no se trataba de eso, se trataba de mí.

Posada
«La depresión tiene que ver con las ganas de vivir, no con estar contento o triste».

Hay pedazos inesperadamente dolorosos en su libro como el episodio de su abuso cuando tenía 5 años o sus pensamientos sobre métodos suicidas. ¿Qué puede compartir al respecto?

Quité algunas de esas partes del libro, por respeto a mis papás, como una descripción muy clara de cuando sonó el teléfono mientras yo estaba colgándome de las vigas de su casa. Los gritos descosidos de mi papá de «¿por qué no contestan?» evitó que me ahorcara, me bajé a contestar.

También la descripción del abuso narrada casi que minuto a minuto, porque realmente el fondo de mi depresión es ese abuso que sufrí cuando era chiquita.

Yo olvidé por completo el episodio hasta que lo recordé, después de que un novio me habló a los 25 años de lo que le había pasado a él. Ahí empezaron mis episodios de depresión.

Durante todo este tiempo que yo he estado tratando de procesar lo que me pasó, perdonando de a poquitos todos los días, entendiendo que finalmente lo que yo necesito es estar en paz con eso.

No porque yo esté dándole ningún paz y salvo a nadie, sino para poder darme el paz y salvo a mí misma.

Usted afirma que, aunque asociamos el alma con el corazón, la depresión no ocurre en el corazón, ¿para usted dónde pasa la depresión?

Yo creo que el estómago es el verdadero corazón y creo que la depresión está químicamente en la cabeza. Terminé comprendiendo, a las patadas, que esta enfermedad es difícil sobre todo porque el cuerpo está a merced de la cabeza y si la cabeza se enferma, todo es complicado.

Tiene uno que pedirle a un pedacito chiquitico de su cabeza que se rebele ante la química que no está funcionando y que tenga la mínima cordura para poner la cabeza a merced del cuerpo, no dejar que pase al revés. Entonces hay que nadar, caminar, hay que forzarse y ser terco. Poco a poco se logra, sin duda alguna.

Lo que me ha enseñado a mí mi depresión es que no hay nada más espiritual que la química del cuerpo y creo que siempre que los seres humanos hablamos de experiencias espirituales o de espíritu, estamos hablando de efectos químicos.

Posada
«Realmente el fondo de mi depresión es ese abuso que sufrí cuando era chiquita».

Hay anécdotas en las que usted cuenta cómo distraía sus estados de ánimo con alcohol, fiestas, sexo, viajes, etc. Y cómo luego pasaba de la euforia a la depresión. Ahora parece que tiene otras herramientas para sentirse mejor, ¿cuáles son?

Yo hago yoga y nado. Echarse a andar, como lo explico en mi capítulo de la carrilera, hacer equilibrio un pie a la vez. No ponerme tareas maratónicas, no tratar de estar perfecta todo el tiempo. Si -como ahora- se me está quebrando la voz, pues dejar que se me quiebre la voz.

Ser compasivo con uno mismo porque la depresión es muy poco compasiva.

También he cambiado por completo mi estilo de vida, no tomo alcohol hace cinco años, y no es por virtuosa, sino por necesitada. A mí no me importa la pregunta de si soy alcohólica o no soy alcohólica, sino que el licor genera en mí más depresión.

También lo repito e incluso lo tuiteo: no subestimen el poder de un baño. Para mí el agua es sanadora. Cambiarse de ropa, porque yo soy de las personas que se pasa a vivir a una muda de ropa cuando me deprimo.

Y, muy importante, yo no estaría contando el cuento si no existieran los libros. A veces leer cosas melancólicas cuando uno está deprimido es lo correcto porque lo hace sentir mucho menos solo en esa sensación.

Fuente: BBC Mundo

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombianadel 22 al 31 de enero de 2021.