Rubén Darío, en la penúltima estrofa de su célebre poema «La canción de los pinos» (1907), como agudo intérprete de la esencia humana ―y como si esperara respuesta de aquellos pinos a los que él llama «hermanos en tierra y ambiente»― dice así:

«Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico?

Aquel que no sienta ni amor ni dolor,

aquel que no sepa de beso y de cántico,

que se ahorque de un pino: será lo mejor…»

¿Es romántica toda poesía amatoria que tenga el amor como referente central? ¡No necesariamente! Lo que hace romántico un poema que trate sobre el amor no es el tema, sino el modo de abordarlo.

El amor como eje temático ha estado presente ―como inevitable y travieso duende― en la poesía producida dentro de las más variadas tendencias vanguardistas de la literatura universal posteriores al llamado movimiento del Romanticismo ―en boga en Europa entre los siglos XVII y XIX―, pero su tratamiento, el modo en que los creadores lo han abordado a través de la historia, ha recibido el influjo de las circunstancias propias de cada época, especialmente de los cambios en la valoración y visiones estéticas sobre el arte en sentido general y sobre la literatura específicamente.

¿Quién, en su juventud o en su madurez, no se habrá deleitado con las «Rimas» de Gustavo Adolfo Bécquer?:

Amor eterno

«Podrá nublarse el sol eternamente;

podrá secarse en un instante el mar;

podrá romperse el eje de la Tierra

como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón;

pero jamás en mí podrá apagarse

la llama de tu amor».

¿O con el poema «Gratia plena», de Amado Nervo?:

«Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,
rubia y nevada como margarita sin par,
al influjo de su alma celeste amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría;
¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!»

(Fragmento)

¿O acaso no es Pablo Neruda más recordado por los versos románticos de 20 poemas y una canción desesperada que por su portentosa obra Canto general?:

Poema XX

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.»

(Fragmento)

 ¿Y qué me dicen del poema «En el atrio», de nuestro Fabio Fiallo, esa emblemática pieza del romanticismo en la literatura dominicana?:

«Deslumbradora de hermosura y gracia,
en el atrio del templo apareció,
y todos a su paso se inclinaron,
menos yo.

Como enjambre de alegres mariposas,
volaron los elogios en redor:
un homenaje le rindieron todos,
menos yo.

Y tranquilo después, indiferente,
a su morada cada cual volvió,
e indiferentes viven y tranquilos
¡ay! todos, menos yo.»

Pienso que hay mucho de hipocresía en aquellos escritores que hasta se burlan de sus pares que, en un derroche de humanidad, le rinden culto al amor cuando en sus poemas desbordan su sentir más profundo

Por todo lo anterior, me quito el sombrero ante uno de los grandes de la poesía universal, Rubén Darío, cuando dice (y lo repito):

«Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico?»