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Como fuese un tenedor libre, la construcción de Surinam se fue descudo de Surinamando de manera fortuita, en distintas etapas de la historia, que lograron combinar -casi sin querer- ingredientes de los cinco continentes del planeta.  Aquí conviven descendientes de africanos (que a la vez se dividen en criollos y marrones), indostaníes,  javaneses (como llaman a los provenientes de Indonesia, incluso a quienes no son de Java), chinos que acaparan el comercio, brasileros persiguiendo la fiebre del oro, nativos aislados al sur del país, árabes que comercian telas, y finalmente blancos. Todos bajo una misma bandera y escudo, que por las dudas deja las cosas en claro: los dos aborígenes representan a los habitantes originarios, el barco a quienes fueron llegado en distintas oleadas, y la estrella señala los cinco puntos que poblaron el país y que fueron dándole esa intrincada identidad que hoy tiene.

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Un universo paralelo en Sudamérica, Surinam recibe apenas cien mil turistas al año.  Es comprensible que este país enclavado en la masa continental no sea polo de atracción de visitantes.

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Dato curioso para la audiencia masculina. Muchas de las estrellas del fútbol holandés son de origen surinamés. Sin embargo, nunca las van a ver vestidas con la camiseta de su patria por dos motivos: por un lado, la doble ciudadanía no está permitida; pero más interesante aún, el fútbol no se juega de manera profesional en el país.

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Aquí lo que se vende no es comida, sino toda clase de artículos varios, de esos que sólo un hindú puede precisar con extrema urgencia: sahumerios, estatuas de Shiva, figuras de Ganesh, henna para pintarse las manos, saris de toda clase y calidad, postales con los más famosos artistas de Boolywood de la década del 80. Las estanterías cambian, los rostros también. Al igual que en India, la libertad con la que uno se pasea bajo el título de “estoy mirando”, queda anulada.

 

Aunque con algo más de cautela, los vendedores interceptan los pensamientos de uno, queriendo venderle todo cuanto tienen a su alcance. En esta feria, la falta de clientes me permite aprovechar el momento para conversar y tratar de entender un poco más la realidad. La mayoría de los  ellos jamás ha salido de Surinam. Sin embargo, a punta de repetir la tradición a lo largo de generaciones, todos ellos coinciden en ese amor y devoción por las raíces jamás visitadas.

Keiserstraat, es una extraña calle en donde conviven airosamente un enorme templo musulmán junto a una sinagoga de lo más prolija, los templos hindúes se elevan con grandilocuencia, la pintoresca iglesia católica hace sonar sus campanas cada domingo para la misa y el ritmo de vida continua moviéndose entre buscadores de oro, comerciantes, taxistas, estudiantes, cocineras, y algún que otro turista no-holandés que ande perdido por ahí.

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La mejor manera de llegar es por tierra, ya sea desde Guyana o Guyana Francesa. La mayoría de los países necesitan visa para visitar Surinam, a excepción de aquellos miembros del CARICOM.  Cruzar esa frontera es tan simple como la de cualquier otro país de Latinoamérica. No piden vacunas, ni pasaje de salida, ni nada raro. Una actitud positiva y firme es la mejor carta de presentación.

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En el país se hablan casi veinte idiomas, pero el español no es uno de ellos. Mucha gente de clase media – alta lo entiende. Hablando inglés, no van a tener problema.

No hay en el país una gran infraestructura turística. Todo está pensado para el holandés con euros que se mueve como pez en el agua. Por lo tanto, no hay muchos hostales ni alojamientos económicos, pero CouchSurfing funciona de lo más bien, al menos en la capital. Es una buena manera de tener una vista panorámica de la realidad del país en boca de un nativo.

Fuente: Los viajes de Nena.