Igual a Cristo, buscamos el bienestar de todas las personas, las que amamos y quienes requieren de atención, cuidado, provisión y protección.
Estos son los primeros pasos, los comienzos de nuestra participación en el Misterio de la Ascensión del Señor.
¡Cuándo es un hábito dejar de pensar tanto en mi persona, y más y más en el bien de otros, entonces estoy más cerca de Cristo!
Pero, hay que recordarse una y otra vez: ¡quién da todo lo que tiene, que luego no se queje!
¿De qué vale entregarse por entero y darlo todo, si después vamos a estar recordando y sacando cuentas de lo que dimos a cada uno, y exigiéndoles cariño, compañía y agradecimiento a cambio? Eso no es amor… Eso es buscando complacerse así mismo… Eso es puro egoísmo e interés.
En cambio, si buscamos la voluntad de Dios, la santidad de su Comunión y el poder llegar a las alturas donde está Cristo, la Virgen y nuestros seres queridos, hemos de cultivar el arte del sano desprendimiento, de la renuncia a las dependencias y ataduras de este mundo, al confort y al prestigio que son los llamados grandes farsantes, y dejar atrás todo y a todos los que obstaculizan nuestra libertad, crecimiento y entrega al servicio a los más necesitados.
A la vista de los Apóstoles, Jesús Resucitado, a los 40 días sube al Cielo, a la derecha del Padre. Pero antes que nada, deja a los Pastores de su Iglesia la misión de:
- 1. Hacer discípulos a todos enseñándoles los mandamientos de la ley de Dios.
- 2. A bautizarles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
- 3. Y a estar en la presencia del Señor, es decir, recibir y adorar la Santa Comunión del Emmanuel, del Dios que está siempre con nosotros, todos los días hasta el fin de los tiempos, de la Historia.
Esto es lo que debemos hacer para preparados para cuando el Señor vuelva a buscarnos… Y eso será muy pronto.

