Jesús se acerca al Jordán para ser bautizado por Juan Bautista.
El Precursor se negó rotundamente a ellos. Bien se sabía no digno ni siquiera de ser el sirviente de sus sandalias.
Así hemos de proceder. ¿Para qué tanta hipocresía y vanidad de nuestra parte si a todos nos toca ir a la tumba fría?
Jesucristo ordena al Bautista que lo sumerja en la misma suerte que ha de correr todo hombre que está en Comunión con su Padre Celestial y con el Espíritu de la Nueva y Eterna Alianza en su Sangre.
El Bautismo de Cristo es participación plena en su sacrificio, en su entrega, en sus sufrimientos, ser maltratados, injuriados e irrespetados, hasta morir por la misión de la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Israel.
Renovemos ahora nuestras promesas bautismales al cierre de la Navidad para estar disponibles a dar la vida por el Evangelio, los Sacramentos y por los pobres abandonados y despreciados… Solo así se nos abrirán las puertas del Cielo.

