Camino de la cruz del Papado Montiniano.

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Durante el papado de San Juan XXIII (1958-1963) su primer cardenal realiza misiones a África, Estados Unidos y Brasil. Ya como joven secretario del Papa Pio XII había realizado misiones nada sencillas a lo largo de Europa, especialmente a Alemania y Austria para denunciar los regimenes dictatoriales nacionalistas de Hitler y Mussolini.

De esta manera Montini descubre la necesidad de cercanía de los pastores de la Iglesia con el pueblo y su situación actualizada por el contacto de primera mano.

La etapa preparatoria e inicial del Concilio Vaticano II fue para el cardenal lombardo la cristalización universal de aquello que él venía realizando en su arquidiócesis:

La liturgia actualizada como pedía Pio XII en la encíclica Mediator Dei, celebración del Triduo Pascual que introdujo dicho Papa, la celebración de partes de la Misa en lengua vernácula sin excluir jamás el Latín de las oraciones centrales y el aumento de manera más que notoria de la iniciación cristiana de miles y miles de niños y jóvenes en los sacramentos, así como la participación de todos los bautizados en la confesión y comunión dominical.

La formación catequética, homiletica y teológica era su prioridad bajo el Espíritu de caridad. Era su premisa de reflexión como maestro de la fe.

Nunca usaba otro recurso que no fuera la caridad evangélica más tradicional con el proletariado.

Llevar a todos a profundizar el amor a Jesucristo, a la Iglesia y al Papa era su vida. En ningún momento se pudo captar un comentario en contra de algún prelado de la Iglesia y de sus instituciones de parte de Montini. Siempre evadía a la prensa a la hora en que quería hacer noticia sensacionalista de pasadas situaciones vividas al interior del Vaticano, en una época en que la crítica contra lo católico romano iba creciendo.

Tanto en la formación personal como en el crecimiento espiritual, la actualización y los retiros fueron fundamentales, por no decir sagrados, en el tiempo personal del Monseñor Montini o el futuro Pablo VI. Su vacaciones, como todo buen pastor, las dedicaba a tomar cursos de actualización y a retiros. El hito del año laboral del pastor eran estas dos actividades junto al contacto más cercano que se podía tener en aquella época con los familiares y amigos: las cartas o epistolario montiniano, que se cuentan por miles y que hoy son de inmensa valía y ardua investigación. Entre estas cartas destacar las cientos de ellas intercambiadas con el Padre Roncalli, futuro San Juan XXII.