Una verdera Liturgía de los primeros siglos de la Iglesia es la proclamación de la Pasión del Señor. Una sinfonía que exalta el lugar que cada uno ocupamos y que nos vamos rotando en cada una de las etapas de la vida.

¿Qué lugar ocupas este año en la pasión del Señor? ¿Eres acaso el pueblo que solo ve este espectáculo injusto y no hace nada? ¿Eres de los traidores y acusadores de Jesús? ¿Eres de los soldados y autoridades que llevaron el proceso del Hijo del Hombre? ¿Eres tú Judas, Sacerdote, Fariseo, Apóstol o Pedro? ¿Estás al pie de la Cruz o te vas ante tantos problemas para buscar diversión? ¿Estás esperando, en cambio a qué todo cambie, a la entrada del sepulcro y quieres creer en la Resurrección de los justos?

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Sí… Hay que gritarlo, es la oración que el Señor nos ha donado para que clamemos con la misma dignidad que él lo hizo. Los malvados impenitentes nunca podrán orar de esta manera.

Hay que abandonar la mentira, los robos, el adulterio la vida lujosa, la indiferencia ante la pobreza, la carencia y el desamparado de todos los cientos de miles de marginados que nos rodean, y solo así podremos vivir la misma Pasión del Señor Jesucristo y podremos entonces tener el mismo privilegio inmerecido de orar diciendo:

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

…Y de esta manera, el nos escuchará.