Podemos perder un aspecto fundamental del anuncio glorioso de la Pasión del Señor en todo su esplendor en lo alto del monte tabor.

Se trata de la presencia allí de los colaboradores más cercanos de confianza de Jesús entre sus Apóstoles: Pedro, Santiago y Juan. Estos dos hermanos, los hijos del trueno, eran el de mayor edad y el más joven respectivamente entre los jerarcas pastores elegidos del Mesías de Dios.

Vieron su gloria solamente ellos, previamente, en la resurrección de la hija de 12 años de Jairo, el maestro jefe de la sinagoga.

Ya Pedro era la Cabeza de la Iglesia, el interlocutor entre Cristo, sus pastores y su pueblo.

El Señor transfigurado, presente en la Eucaristía, revestido en ella de esplendor y majestad, bien sabía que ellos tres eran débiles. Apenas podían velar con Él menos de una hora, para dormirse y luego de ser reprendidos y aconsejados, huir ante la persecución los hermanos, y Pedro querer defender con la violencia a su Señor.

Nunca falla ni reniega de sus amigos y cercanos el Señor Jesús, aún en la traición, la negación y el abandono de los suyos.

La verdadera gloria del Señor es que Él, después del suplicio y de la muerte más cruel, va en pos de sus Apóstoles para reconcilarles con Él y enviarles a continuar su obra gracias a la proclamación que haremos al consagrarse su Cuerpo y su Sangre:

Cristo murió por nosotros… Por tú Cruz y Resurrección nos has salvado Señor.

Al comulgar pidamos contemplar la Gloria del Señor que es también la reconciliación con aquellos que alguna vez tuvimos el vínculo de la amistad, el servicio eclesial, la sangre especialmente y las labores de trabajo.

Al final, tendremos que encontrarnos de nuevo, y mejor si es reconciliados previo al juicio final.