Hemos proclamado el Pentecostés del Evangelio de San Juan, ocurrido al anochecer del primer día de la semana de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Pascua y Pentecostés son inseparables. La primera y más importante de las consecuencias de las Apariciones del Resucitado a sus discípulos en la Iglesia ante sus enemigos es la Paz.

Paz que se confirma con nuestra reiterada Comunión Sacramental con las llagas y el Costado abierto de Jesús, y por ella somos enviados a la misión como enviados a nuestros ambientes a anunciar la Buena Noticia del Padre y del Hijo.

La segunda Consecuencia de nuestra participación en la Pascua del Señor es la alegría, fruto de profesar la fe de los Apóstoles. Así como el Espíritu Santo renueva la faz de la tierra, Cristo lo infunde sobre los Apóstoles y sus sucesores para que perdonen los pecados en la celebración del Sacramento de la Confesión.

¡Cuánto necesitamos con reiterada frecuencia el perdón de todos nuestros pecados que nos concede la Iglesia para reconciliarnos con nuestra historia y ambientes, hacer penitencia por nuestros pecados y actuar con honestidad, con sinceridad y transparencia en todas las instancias en que somos llamados a servir!

Acudamos con frecuencia constante a los Sacramentos de nuestra fe y viviremos continuamente el Nuevo Pentecostés de nuestra Iglesia Católica.

María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.