La sal y la luz eran imprescindibles para las personas en el tiempo de Jesús:
A los bebés se les colocaba para que no se desidratasen. Los alimentos eran preservados y saborizados. Los sacrificios rituales para que no se pudriesen. Para purificarse de las impurezas y enfermedades.
La sal nunca pierde su sabor, pero si nosotros los discípulos podemos perder todas las propiedades del Evangelio, incluso traicionarlo, ser un estorbo, estancamiento y causa de escandalo en la Iglesia.
La luz tiene por naturaleza la propiedad de ser visible e iluminar a todos.
La luz en el tiempo de Jesús se equiparaba a las obras en beneficio para los demás hechas por los hijos de la luz caracterizados por un estilo de vida austero, sencillo y pobre en relación a si mismos, y para los demás de generosidad.
Más aún, de la sal y de la luz obtenemos sus beneficios en comunidad construyendo la ciudad de Dios en lo alto de la montaña.
Esto implica una responsabilidad social de cada uno de nosotros en cuanto a la respuesta a la vocación personal o llamado de Dios, el trabajo que hacemos cada día y el servicio en familia para que esta sea de motivación, entusiasmo, faro de luz, acogida y descanso en la que se comparta el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Alimento, guia y compañía que nos da Dios y que tenemos que alquilatar con nuestras obras, porque sin ellas la fé es hueca y su finalidad es el compartir los bienes con los demás.
Este es el verdadero sentido y realización en la vida. Luchemos por desechar el sin sentido, la oscuridad y el egoísmo.

