El Discurso Eclesiástica del Evangelio de San Mateo nos ocupa.
Comenzamos con la Confesión de Fe en Jesucristo, Hijo del Dios vivo, por parte de San Pedro a quien confía la misión, como fundamento o cimiente, de abrir las puertas del Reino de los Cielos, de la administración de los Sacramentos de la Iglesia para nuestra salvación.
Ante tan gran vocación y encomienda, la naturaleza humana se resiste a las exigencias de la Cruz a semejanza del Hijo de la Virgen María, para vivir esta existencia en plenitud: negarse a sí mismo y darlo todo por el bien, no solo de los nuestros, también de los demás, especialmente de los más necesitados.
Aunque nos resistamos, huyamos o querranos evadir con los placeres transitorios y tener es pasajeros de este mundo, no es una opción el tener que participar por la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Para ello, hay que convivir con los demás. No hay otra manera. El verdadero hermano es el que te corrige, incluso con dureza, que aquella persona que te deja pecar para no meterse en problemas, no perder beneficios y que en resumidas cuentas no le importa tu bienestar.
Nos reunimos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para celebrar la Eucaristia y los Sacramentos, nos reconciliamos unos con otros, es decir nos ponemos de acuerdo, y solo así, ya no es solamente la Shekinah del Antiguo Testamento o el encuentro de la presencia de Dios con Moisés, es la misma Palabra de Dios hecha Carne y Sangre que se manifiesta en la plenitud de su Alma y Divinidad. No hay otra manera, y es el tesoro más grande de nuestra existencia.
Esta es la fe de los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos en plena Comunión de palabra y conducta que son los responsables de la corrección fraterna y nadie más… los padres y madres de familia, que por igual, con eficaz y determinada disciplina pueden salvar la vida de sus hijos porque les aman.

