El nombre de María Virgen y Madre es bendito. Ella es la mujer de la tierra.
En Nazaret dedicó parte importante de su vida la hija de Sión, en lo oculto de la vida familiar, a la crianza de su Hijo con el apoyo y protección de San José Castísimo.
En el Magnificat, la cumbre de todos los himnos eucarísticos del Nuevo Testamento, se condensa la vida, la mentalidad y el proceder de la persona de María Santísima.
Marcó para bien la existencia de la Madre de Dios el hecho de que la primera Morada establecida de Dios entre los hombres fuese un pesebre, soporte de su humildad y motivo de su alegría y libertad.
El anuncio de que su Hijo Único, Luz de las naciones y Gloria de su pueblo Israel será signo de contradicción, bandera discutif, espada que le atraviesa su Corazón Inmaculado le preparó para la hora de estar de pie junto a la Cruz de Cristo y posteriormente sin Él físicamente junto a la Comunidad Primitiva de los Apóstoles hasta su reencuentro definitivo con su Sagrada Familia en el Cielo.
La primera quincena de Septiembre nos regala una gracia singular… Celebrar el cumpleaños de la Virgen el día 8, hoy a los cuatro días siguientes la imposición de su nombre por parte de sus Padres, Santos Joaquín y Ana, y el 15 próximo, después de la Santa Cruz, la fortaleza que nos imprimen los Dolores y lágrimas de Nuestra Señora y Dueña en cada momento de nuestro breve tránsito por este mundo.
Tránsito que solo se hace viable y llevadero por la Comunión con nuestra familia que es la Iglesia, tan similar a nuestra familia de sangre.
Dice el dicho que nos hace reflexionar: ¡cómo te llevas con tu familia, se delata tarde o temprano en tu vida de Iglesia!

