Santiago Peña, el candidato presidencial del Partido Colorado, saluda a sus seguidores en un evento de campaña en Asunción, Paraguay, el 24 de abril.Credit...Maria Magdalena Arrellaga para The New York Times.

Jack Nicas y 

El triunfo del exministro de Hacienda mantiene a Paraguay bajo el dominio del partido que ha gobernado la nación durante todos menos cinco de los últimos 76 años.

Jack Nicas y Laurence Blair viajaron por Paraguay —desde la capital, Asunción, hasta el norte rural, el Chaco— para entrevistar a candidatos y votantes en las elecciones del domingo.

POZO COLORADO, Paraguay.- Los paraguayos eligieron este domingo a Santiago Peña, un economista conservador de 44 años, como su nuevo presidente, manteniendo así a la nación sudamericana bajo el control del Partido Colorado, de derecha, el cual ha gobernado el país durante todos menos cinco de los últimos 76 años.

Este resultado se traduce en que Paraguay, un país sin salida al mar con siete millones de habitantes, ha resistido el viraje hacia la izquierda que ha experimentado América Latina en los últimos años. En cambio, los paraguayos le han otorgado la victoria a un candidato de derecha que realizó promesas vagas sobre crear nuevos empleos, reducir los precios de combustible y energía y sacar a los drogadictos de las calles.

Peña obtuvo el 43 por ciento de los votos, con el 99 por ciento de los votos contados, con lo que superó a dos contendientes que dividieron el voto de la oposición.

Su elección podría hacer que la relación entre Paraguay y Estados Unidos, un aliado cercano, se haga más compleja.

Peña es un protegido político del expresidente paraguayo Horacio Cartes, uno de los hombres más ricos del país y líder del Partido Colorado. En enero, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso sanciones a Cartes al acusarlo de dar millones de dólares en sobornos para asegurar su llegada al poder y por establecer vínculos con Hezbolá, el grupo militante islamista.

En su discurso de victoria el domingo por la noche, Peña estuvo junto a Cartes, lo abrazó y le agradeció. “Su aporte, presidente, no se paga sino con la moneda del respeto, del aprecio y la valoración”, dijo Peña. “Gracias por esta victoria colorada”.

La victoria de Peña muestra que su partido ha mantenido un control firme de la sociedad paraguaya décadas después de la caída de la dictadura del general Alfredo Stroessner, un régimen del Partido Colorado que gobernó al país de 1954 a 1989.

La poderosa maquinaria política del Partido Colorado se reveló el día de las elecciones, con una densa red de operadores políticos repartidos por todo Paraguay. Supervisaron las mesas de votación, trasladaron a personas de comunidades indígenas a las urnas e impulsaron a los electores para votar por Peña.

Voters lining up to cast ballots.
Un centro de votación en una escuela en Remansito el domingo. Credit… Maria Magdalena Arrellaga para The New York Time.

Esa organización, al parecer, compensó el complicado discurso que Peña tuvo que ofrecerle a los votantes. Durante la campaña, Peña se presentó como un rostro nuevo, a pesar de ser exministro de Hacienda de Paraguay y una figura destacada del partido político dominante, el cual fue fundado en 1887.

Peña también intentó distanciarse del presidente actual de Paraguay, Mario Abdo Benítez, quien también pertenece al Partido Colorado. Benítez, quien no pudo volver a postularse debido a los límites del mandato, es uno de los líderes más impopulares de América Latina debido a su manejo de la pandemia de coronavirus, según algunas encuestas de opinión.

Pero el desafío más complicado de Peña fue su estrecho vínculo con Cartes. El gobierno de Estados Unidos acusó a Cartes de tener “un patrón coordinado de corrupción”, y alegó que le pagó hasta 50.000 dólares al mes a los legisladores durante su presidencia y que realizó algunos de sus negocios ilícitos en eventos organizados por Hezbolá.

Cartes ha negado las acusaciones, de las cuales ha dicho que tienen motivaciones políticas. El expresidente rechazó las solicitudes de entrevista.

Peña dijo en una entrevista el viernes que creía que Cartes era inocente y que no podía entender cómo Estados Unidos pudo haberse equivocado tanto.

“Creo que este va a ser uno de los grandes misterios junto con: ¿será que el hombre llegó a la Luna? O ¿quién asesinó al presidente Kennedy? Son los misterios sin resolver que nunca podremos saber”.

El domingo por la noche, de pie junto a su mentor, Peña lideró en su celebración de la victoria un canto de “Horacio, querido, el pueblo está contigo”.

Horacio Cartes, expresidente de Paraguay y uno de los hombres más ricos del país, junto a Peña en un acto de campaña.
Horacio Cartes, expresidente de Paraguay y uno de los hombres más ricos del país, junto a Peña en un acto de campaña. Credit… Maria Magdalena Arrellaga para The New York Times.
Los vínculos de Peña con Cartes estuvieron en la mente de algunos votantes.

“Tiene buen liderazgo pero si gana no va a ser él quien gobierna, lastimosamente”, dijo Mariano Ovelar, de 39 años, quien atiende mesas y toca el teclado en un restaurante en una parada de camiones en el norte rural de Paraguay.

Peña, execonomista del Fondo Monetario Internacional en Washington, centró su campaña en gran medida en la economía. Prometió crear 500.000 puestos de trabajo, ofrecer jardín de infancia gratuito, bajar los precios del combustible y energía y desplegar más oficiales de policía en las calles.

Su única explicación sobre cómo iba a financiar estas promesas fue que iba a extender la economía a través de la eliminación de las trabas burocráticas y manteniendo los impuestos entre los más bajos del mundo. “Los paraguayos comprenden que podemos ser la nación más desarrollada del mundo”, dijo Peña.

Paraguay es una de las naciones más pobres de Sudamérica. Una cuarta parte de su población vive en pobreza, sus escuelas se encuentran entre las peores de la región y los hospitales carecen de medicamentos básicos.

Peña atribuyó el subdesarrollo de Paraguay a su aplastante derrota en una guerra contra sus vecinos que terminó en 1870 y que acabó con la mayor parte de su población masculina. Es “un conflicto” que “hizo que perdamos el tren del desarrollo”, aseguró.

Paraguayans with a cutout image of their presidential candidate.
Simpatizantes de Peña celebran en la sede del Partido Colorado, en Asunción. Credit…Agustin Marcarian/Reuters.

Su respuesta para esos problemas es hacer más eficiente al gobierno y hacer que Paraguay sea más atractivo para las empresas.

Peña parece tener como objetivo apaciguar a Estados Unidos, sobre todo al comprometerse a mantener a Paraguay entre el club de 13 países —en su mayoría pequeñas naciones insulares— que mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán en lugar de con China. Paraguay y Taiwán sellaron lazos en 1957, cuando ambas naciones estaban gobernadas por dictadores. Desde entonces, Taiwán financió el edificio modernista del Congreso de Paraguay y donó su avión presidencial.

Pero debido a esto, los agricultores paraguayos enfrentan obstáculos para exportar granos de soya y carne a China. Peña dijo en una entrevista que los estrechos lazos económicos con Taiwán dejarían a Paraguay en una mejor posición a largo plazo que construir su economía en torno a la venta de productos básicos a China.

Cristaldo Tabares, un constructor de 65 años que vive en un suburbio ribereño de la capital, Asunción, dijo que votó por Peña el domingo, pero con reservas. “A mí me gusta Efraín más que Peña”, dijo, refiriéndose al candidato que llegó de segundo en la contienda.

Tabares quería darle su voto a Alegre porque representaba el cambio, dijo, “pero no podía”. ¿La razón? El Partido Colorado lo había contratado como funcionario de una mesa electoral y sintió que debía votar por su empleador.

Cuando se le preguntó qué pensaba del posible futuro de Paraguay bajo el liderazgo de Peña, Tabares se encogió de hombros y se rio: “Nadie sabe lo que va a pasar después”.

A political advertisement showing two people on the side of a building in the Paraguayan capital.
Un anuncio de campaña de candidatos del Partido Colorado en el centro de Asunción. Credit… Maria Magdalena Arrellaga para The New York Times.

Fuente: nytimes.com/es