Le cuesta al hombre entender que no es el centro del universo, y que sus proyectos, logros y puestos en la sociedad nunca le darán el status de aquel que viene de los alto.

Solamente aquel que ha muerto en la Cruz y ha resucitado de entre los muertos puede ser llamado el Señor, el Cristo, el Unigenito de Dios. Ni el César, ni el Kaisar o el Tzar podrán alcanzar la Divinidad. Y es que está y sus dádivas vienen de lo alto, y uno solo es el Sol viviente.

La Iglesia, en los primeros siglos de su camino, tuvo que hacer frente a estás pretensiones de acaparar los bienes, glorias y poderes de este mundo por parte de ciertas personas.

Los seres humanos somos limitados, condicionados y temporales marcados por la breve tiempo que dura nuestra existencia humana.

Solamante el Hijo del Padre Eterno nos puede dar su Espíritu sin medida y superar el muro de la muerte.

Y para ello, tomemos la resolución de dedicar lo que nos queda de vida al Pan de Vida que se da siempre a los que más le necesitan.