Tal como María lo hizo, nos dice Cristo, su Único Hijo, que guardemos en el alma su Palabra para morir como Él y sus santos murieron.

La muerte en Cristo y en su Iglesia no es para siempre. ¿Qué importan los maltratos, insultos, desprecios y ser afuereados por hacer lo que Dios manda y buscar el mayor bien de todos? Duele. Sí. ¡Mejor aún! La mejor cura para nuestra soberbia, afán de protagonismo y acaparamiento será esto.

Son días estos para salir del medio. Para darnos cuenta de que lo prescindible no nos domina.

La fama, la gloria, el prestigio social no vale nada. Es un estorbo. Roba el lugar de Dios y drena nuestras almas. Nos convierte en monstruos, en seres inhumanos, siempre insatisfechos, sin alma.

En cambio, hay una Comunión de los Santos eterna. Allí está Abraham, lleno de alegría por ver el día del Señor.

Las piedras que nos arrojan por hacer el bien serán las mayores bendiciones. Solo tendremos que esperar a la Hora, a la Gloria del Señor que se manifiesta cuando miramos al Crucificado, al primero en resucitar de entre los muertos. ¡Comulguemos!