Una de las situaciones más críticas para una persona, la encarna una mujer de la región de Tiro, sin marido que la represente o proteja y cuide, sin la religión de la Alianza, con una hija sin poder sostenerla y peor aún, enferma de gravedad o endemoniada como se decía en aquella época.

Desesperada pone su esperanza rogando a Jesús Eucaristía.

Ella se encuentra de frente, choca con las exigencias y normas de la Comunidad Eclesial del vínculo bautismal, la práctica sacramental y la demostración de una vida moral acorde al Evangelio y al compromiso de cambio para bien social que de esto se desprende.

Los perros en el tiempo de Jesús eran los gentiles o pagamos. Despreciados por los judíos. En aquella época los perros no estaban domesticados. Andaban errantes, eran carroñeros y peligrosos, en especial con la rabia, y se alimentaban de basura y podredumbre. Eran foco de infección para los seres humanos como todavía los consideran aquellas que personas que no entienden nuestra actual mentalidad de acoger y cuidar como mascotas de la familia a los animales.

Así nosotros, como la Siro-fenicia nos postramos ante el Altar de Dios porque sin merecerlo se nos da del Pan de los Hijos de Dios. Y hemos, por ende, de portarnos de igual manera con todos las demás personas, especialmente aquellos que la sociedad con antivalores contra la fé cristiana desprecia. ¿Quienes son ellos? Están al lado nuestro, muy cerca.

¿Debe la Iglesia reducir sus exigencias cuando nuestra honradez, moralidad y compromiso social está fuera de orden e incluso en escándalo público y pecado mortal? Nunca.

Gran llamado este a imitar la actitud de humildad, arrepentimiento e integración a la Comunidad Eucarística de la Siro-fenicia.

Está es la real y verdadera sanación para nuestras familias y para conversación nuestra. Estamos próximos a la Cuaresma.