Nos propone la Iglesia en Cuaresma los imposibles humanos: ser misericordiosos, no juzgar, no condenar, perdonar y dar generosamente.
Dios sabe más que nadie que estamos, todos, sin excepción, hechos de barro. Y queremos y exigimos que todos sean misericordiosos con nosotros. Cuando nos juegan justa e injustamente decimos: » no sabes quién soy yo, mi familia y mi apellido «. Somos justicieros e inclementes en la condena a otros. Decimos que perdonamos, pero seguimos maltratando y tratando a los demás como a nuestros sirvientes, además de esperar reconocimientos, dádivas y acogida sin condiciones de parte de los demás.
Solo Cristo Jesús puede conseguir y se ha propuesto que alcancemos el aquilitar un corazón que sienta como el suyo.
Un pueblo creyente de servicio a los demás. Busquemos la finura de conciencia de los santos. No solo declarar que somos pecadores, sino sufrir por nuestros pecados cometidos para no ser reincidentes en la misma miseria putrefacta. Rompamos cómo está clima de independencia de las leyes divinas y bajemos a la voluntad de Dios que es asemejarnos a la personas de a pie, que trabajan en la limpieza, que cultivan la tierra y crian a los animales. Así comprenderemos y podremos auxiliar a los otros.

