En la Mesa del Señor queremos a amar a Dios y a su único Hijo, Nuestro Señor. Toda una tarea en la que nos falta tanto y tanto por aprender.

En esta tarea, Los Santos Apóstoles, únicos testigos y participes de la Cena Pascual de Jesús son nuestros maestros y guías. Hoy San Judas Tadeo nos lleva a preguntarnos de este privilegio inmerecido, pura gracia que nunca podremos retribuir, de haber recibido la revelación del Padre por medio a Jesús Eucaristía.

La Palabra se hace Carne, juntos como hermanos, al recibir el Pan de los que caminan hacia a las Moradas Celestiales que nos prepara el Resucitado.

Allí es que viene el Paraclito, el Abogado, nuestro Defensor, el Espíritu Santo que envía el Padre en el nombre de Jesús en los Sacramentos de la Iglesia Católica, cuyo centro es la Eucaristía.

Misión nuestra es llevar esta Buena Noticia a tantos y tantos que necesitan aprender a amar a Dios, a recibir la cumbre de la Revelación Divina, a Cristo mismo en la Comunión de los Santos y al Espíritu Divino que nos permite participar del milagro más grande, ante el cual todos los milagros se subordinan, se supeditan, se minimizan, se condicionan e incluso pierden toda importancia: la Palabra que se convierte en el Santísimo Sacramento del Altar, Cristo mismo, nacido de María Virgen, muerto y resucitado para la salvación de este mundo.