En marcha, al ritmo que puede cada uno, más siempre unidos por la Cena del Señor Resucitado con sus Apóstoles, caminamos como Iglesia a la gran Solemnidad de la Ascención de Jesucristo a la derecha del Padre.

¡Cuánto necesitamos todos del Paráclito, nuestra compañía y defensa! Necesitamos al Espíritu Santo no solo para que nos recree, en todo el sentido de la palabra, sino, más importante aún, para que nos reinicie, nos reformatee y nos impulse a dejar todo el lastre que nos tiene saturados, estancados y vencidos!.

Nadie está separado de la Comunión del Altar de Dios si se arrepiente y abandona sus malos caminos, el pecado grave que lleva al infierno. Nada podrán hacer aquellos que utilizan la violencia bajo cualquiera de sus formas contra los que se dedican a servir a los más necesitados y desafortunados que ha condenado a la miseria este mundo sin Dios.

Es la hora, estamos en ella, aunque no tengamos las fuerzas o el valor, acompañemos a Cristo Sacerdote, Víctima y Altar.

Inmaculada Concepción de María, ruega por nosotros, tus pobres hijos de la Iglesia.