La gran señal o signo, y no se nos dará otro es la plenitud de Cristo, que se nos otorga cada día, sin merecerlo, en la Eucaristía y cuando lo necesitamos en los Sacramentos de la Iglesia.
Es el Pan bajado del Cielo y la Bebida que recibe todo hombre que a la salida del sol sale a sembrar en el ejercicio de la libertad de los hijos de Dios.
Es para todos los que buscan a Dios, no importa el color, pero se exige tener corazón por encima de todo beneficio, toda ideología y condición.
Vayamos con Jesús y los Apóstoles, con la Iglesia, a la otra orilla. Dejemos de dar vueltas en círculos. Nos toca avanzar, porque pasado mañana comienza la Cuaresma.

