Sabemos, no solo que Dios es bueno, sino que solo el es bueno por el llamado que nos hace constantemente al seguimiento de su único Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Aprendamos a dirigirnos a Él como Maestro a la hora de tomar las decisiones más trascendentales.
Como sus discípulos, nunca estaremos aislados. No existe el aprendizaje del Camino del Señor en solitario. Siempre se realiza en Iglesia. Serán tantas las veces que dolorosamente nos equivocaremos. Es la única manera de aprender y dejarse guiar por el Maestro de Galilea.
Se trata de una vuelta permanente a los rudimentos más básicos: el cumplir los mandamientos de Dios: no robar, no mentir, no matar, no fornicar y honrar padre y madre o a los superiores.
Hasta un niño entiende esto. No ha falta ser un especialista para entender que esto es lo más elemental e importante de nuestro actuar como creyentes ciudadanos de un conglomerado social.
Nos dará ahora el Señor el tesoro del Cielo: la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Para que ese tesoro no se extinga y siempre esté disponible, la condición es hacer de la caridad con los pobres nuestra prioridad en el quehacer diario.
A María Reina, Maestra y Discipula de Jesucristo y nuestra, pedimos valorar tanto este Tesoro, que no perdamos siempre el seguir a Jesucristo Sacramento, la Caridad hecha Carne y Sangre del Altar.

