La verdadera Reina y Señora es la Virgen María. No sean como los gobernantes y señores de este mundo, sino el más grande sea el sirviente de todos como Cristo.

Esta cláusula del Nuevo y Definitivo Testamento la coloco en primer lugar el Señor, quien en la práctica diaria la aprendió a la Mesa de su Hogar Sagrado dónde les servía su Madre Santísima.

Miembro de la Comunidad Apóstolica los que su Hijo encomendó siempre celebrar la Eucaristía. Nunca la voz hemónica, menos aún impositiva por la via de las influencias y de los poderosos.

La alabanza al Señor y la caridad con los humildes y los hambrientos ocuparon todo el pensamiento, el sentir y la naturaleza de la pobre mujer de Nazaret.

María nunca le exigió a San José Castísimo castillos ni glorias. Una verdadera Dueña y Ama de su presencia cuidadosa y atenta a Jesucristo, du Hijo.

Ella es la liberación de los esclavos, la bonanza de los que trabajan hasta agotar las fuerzas de su juventud y la que lleva a Cristo Rey y Juez de todos los tiempos nuestras ofrendas y nuestro clamor desesperado cuando tenemos la dicha de damos cuenta de los viles pecados que cometemos.

¡María, nuestra Reina de Misericordia, ayúdanos a prepararnos para ls hora de nuestra muerte y mira con compasión a los nuestros que ya murieron!