En un momento tan terrorífico como este, en que la guerra y sus actores de la muerte atacan, la 8va de Pascua en la Iglesia nos lleva interiorizar las palabras de León XIV en la Misal Crismal del Jueves Santo pasado: “la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo… ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia.

El Resucitado envía a su Iglesia. El Sucesor de San Pedro y San Pablo nos dijo: Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto”.

En definitiva, la Fe Pascual, la confesión cristiana se vive de esta manera: “Es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena”.

Y la Fe Pascual es cuestión de Iglesia: “para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista, la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros”.

Por último, el Papa Prevost nos alienta en nuestra misión porque pasamos en ella: «situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos si la misión ha sido inútil”.

Nos desistamos. Escuchemos la Buena Noticia de parte del Papa: “En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida”