Ya pasó el tiempo de la crisis postconciliar. Ahora toca, con más moderación y con la mira más atenta al Obispo de Roma, seguir la ruta que nos indica de la Iglesia de acompañar al Pueblo de Dios.

El Enviado del Padre, Jesucristo es veraz. Aunque fallemos y todo se salga de control, incluso, nuestra seguridad personal… El hijo de Dios estará a nuestro lado dándonos soporte y fortaleza para luchar y seguir adelante ante el terror de la guerra, la carestía absurda de lo más elemental para sobrevivir y el abandono cada vez mayor de tanto de la práctica eclesial de la fe.

No te abandonaré, Señor, pero dame lo que carezco, las herramientas para colocarte en mi vida en el lugar que te corresponde del Yo Soy.

Como San Oscar Romero, queremos llevar consuelo, fortaleza, valentía y consideración a quienes te buscan desinteresadamente y con buena voluntad.

La sangre del asesinado Arzobispo Salvadoreño erradique tanta violencia social, tanta desigualdad e injusticia reinante y nos devuelva la esperanza de que es posible vivir el Evangelio de Cristo en su Iglesia.