La semana de la Ascención del Señor, del Misterio de su Reinado Sacerdotal en el Cielo y en la tierra, sentado a la derecha del Padre, para interceder por cada uno de nosotros, y a la vez estar presente cada día sacramentalmente en el Altar como Víctima hasta que vuelva.
El último discurso de Jesús, de los cinco dados en la Santa Cena del Evangelio de San Juan, es la Plegaría en favor de sus discípulos, clamor al Padre por nuestra perseverancia para que no nos echemos al abandono.
No permitamos que la desilusión y el pesimismo detengan nuestra carrera. Hemos de seguir batallando, con la esperanza de que nuestras capacidades, esfuerzos e incluso tropiezos, serán el bagaje que sirva de ayuda y realización a tantos que necesitan aliento, orientación y un gran empujón en la concreción de su proyecto de vida.
Todo toma tiempo en esta tierra. Nos referimos a lo que tiene valor y sentido. Nada es instantáneo. No es lo natural. Somos los continuadores en nuestro ámbito, si es hecho de manera, humilde y de bajo perfíl, de la obra salvadora de Jesús.
Más, en dicha labor apostólica, hemos de evitar a toda costa el acaparamiento, las estridencias, la masificación, la repetición sin interiorizar y sin alma, el estancamiento de asumir un método o sistema que ya no incide en la sociedad actual ni transforma para bien la propia vida.
Hay que renovarse en la vivencia de la fe cristiana de siempre, actualizarse en la enseñanza viva del Magisterio del Papa, Sucesor de San Pedro, y encontrar nuevos espacios en que se promuevan y concreticen mejores condiciones laborales y de vida para los subalternos y empleados de nuestro entorno. ¡Devolverles las ganas de vivir!
Parte de esto es por lo que pide Jesús Resucitado al Padre, y también nosotros en la Eucaristía de cada día.

