Llega Jesús a nuestra casa… Pero, ¿Para qué?

Para que nos amemos, lo que somos y hacemos en el buen servicio de la Iglesia, tal como Él nos ama a cada uno en particular.

Si no nos amamos, no podremos amar a los demás, ni valorar y promover su persona y su servicio único yo especial en la atención a la Comunidad Eucarística.

Hermosa y plena la vocación de quienes están a los pies del Maestro Resucitado, escuchando sus palabras.

Vocación que debe completarse para el bien de la propia persona con el servicio a la Mesa de los miembros de la familia de Dios.

Sin el afanoso y agotador servicio, extremadamente desgastante la persona se deshumaniza. Y a la par, sin la oración unitiva, de contemplación, de quietud, silencio y búsqueda insaciable del Señor en la Eucaristía, el sentido y plenitud de la existencia se pierde.

La cosa única necesaria, la mejor parte, para entender que la vida es laborar y orar junto a la Comunión de los Santos, es Cristo y su Cuerpo que es la Iglesia, fermento de la nueva humanidad.