Dios quiere la salvación para todos, pero no a la fuerza. Abrir nuestra voluntad al designio divino es todo una tarea. ¿Qué estoy haciendo mal?
Demos señales de arrepentimiento al Señor, a la Iglesia y a la sociedad.
Abandonamos todo negocio sucio. Rompamos con la prácticas mudanzas del derroche, las bacanales y el fiestero.
La misión de la Iglesia, nos recuerdan las privaciones cuaresmales, es implantar el reinado de la clemencia, la misericordia y la generosidad. Donde esto impera, allí está Dios.
Evaluación seria esta para los sacerdotes, las religiosas y laicos.
Pasemos de un Jonás apasionado y violenta al Cristo que no deja de llamarnos a una vida más feliz que se concreta no en el odio ni la ira, sino en la búsqueda ardua y tenaz del bien de los demás.
San José nos muestre como se marca la diferencia entre el activismo politiquería y el servicio humilde a los conciudadanos, entre el justo ejercicio de las labores por el pan de cada día y la opresión y el despilfarro, entre el trato cordial y educado que promueve y promociona a las personas y el autoritarismo del siempre tener pisoteado a los demás para nuestros caprichos y complejos.

