Nuestra Señora, la Inmaculada Concepción, nos enseña desde su silencio de Comunión con Jesús Eucaristía, como guardar y lidiar con las cosas con las que no podemos en nuestro corazón.

Esperar a la hora de Dios, y a la vez seguir laborando, con ahínco, con dedicación, por el bien de los que nos rodean y dependen de nosotros.

El Espíritu Santo de la verdad, prometida su venida en la Santa Cena a los Apóstoles, guia a la Iglesia en tiempos en que hemos de escuchar y seguir la voz del Sucesor de San Pedro en contra de la violencia y todas sus formas y a favor de los desprotegidos y más necesitados.

La misión siempre nos está esperando. Un número incontable de personas requieren de nuestra ayuda. Entonces, nuestra estabilidad emocional, el correcto y eficiente ejercicio de nuestras responsabilidades, la realización, desarrollo y salud personal nos solo redunda en nuestra beneficio. Es condición está para poder conducir a los nuestros y a tantos y tantos a la Comunión con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

Y es que nunca podremos darnos cuenta de la repercusión que tiene en la vida de los demás, la búsqueda por parte nuestra, en todo lo que hacemos de la gloria de Dios al aportar lo mejor y de forma generosa en extremo a la obras de caridad cristiana que caracterizan al que se precia del nombre de Cristiano. Tengamos la seguridad de que serán muchos, incontables los favorecidos. ¡Que esta certeza motive a seguir adelante en el camino de Dios, tal como lo hizo San José!