El predicador franciscano San Bernardino de Siena muere en el año 1444, el mismo día de la Ascención del Señor.

El Señor glorificado ruega por nosotros incesantemente para que seamos uno en la Comunión del Padre y del Hijo.

Cuando no podemos contra los poderes de este mundo hay que retirarse por un tiempo a lugares de paz, de recogimiento, a ese silencio que se va convirtiendo poco a poco en el aire que nos hace respirar, con el que recuperamos la vida y nos permite saborear las maravillas de la fe católica en la Oración de las Horas Litúrgicas de la Iglesia, de los textos de los grandes y buenos creyentes que hacen para la salvación de la humanidad las ciencias de la sana convivencia y desarrollo o teología.

Serán muchas las ocasiones entonces que nos tocará volver al ámbito público. Pero será con las virtudes del Resucitado mucho más arraigadas en nosotros por el cultivo de las mismas, fruto del retiro que hemos vivido.

Ascender es también comprometerse dónde estemos, más y más, al bien caritativo con los olvidados y alejados de los beneficios de nuestros hogares y mesas donde no falta el espacio del descanso y confort, de la comida y el delivery con las medicinas que pedimos a las farmacias para nuestra salud.

En este último miércoles de Pascua, siempre dedicados también a San José, compartimos la oración de San Bernardino para que el Nombre de Jesús, el salvador de todos los Hombres, sea exaltado y glorificado en nuestra breve y pequeña existencia:

Oración
«¡Jesús, Nombre lleno de gloria, gracia, amor y fuerza! Tú eres el refugio de los que se arrepienten, nuestro estandarte de batalla en esta vida, la medicina de las almas, el consuelo de los que lloran, el deleite de los que creen, la luz de los que predican la verdadera fe, la recompensa de los que trabajan, la curación de los enfermos.
A ti aspira nuestra devoción; por ti son recibidas nuestras oraciones; nos deleitamos en contemplarte. Oh Nombre de Jesús, tú eres la gloria de todos los santos por toda la eternidad. Amén».