La subida de Jesús a Jerusalén, en los últimos días de su ministerio nos indica que nuestro caminar es un transito en ascenso.
Nuestra meta como bautizados es beber del mismo Cáliz del Señor, nuestra mayor gloria.
De no ser así, aspirando a las glorias y poderes de este mundo, estaremos siempre desilucionados.
En cambio, hacernos servidores de los demás nos dará el primer y más alto honor en el Cielo.
Si bien es cierto que nunca podremos estar de acuerdo con todos, ni evitar choques y tensiones, si vale la pena sacrificarlo todo por el servicio.
Los momentos malos y los desencuentros han de movilizarnos. Demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser buenas y mejores personas, emplearnos más a fondo en mejorar nuestra calidad de servicio y demostrar a todos que estamos decididos a romper con toda forma de mal.
¡Es posible hacerlo!
Subamos con Jesús a Jerusalén, la ciudad de la paz.

