El antiguo himno oriental del Megalynario que la Liturgía Bizantina proclama durante la Plegaría Eucarística de la Vigilia de Resurrección, lleva a una comunión festiva y serena de impulso misionero, propia del tiempo de la Pascua:

¡Alégrate, Oh Virgen pura! Te lo digo de nuevo : ¡Alégrate! Tu Hijo ha resucitado al tercer día del sepulcro y ha resucitado a los muertos : ¡haced fiesta, pueblos!. Revístete de luz, nueva Jerusalén, porque la gloria del Señor ha amanecido sobre ti. Haz fiesta y alégrate, Sión. Y tú, Purísima Madre de Dios, ¡alégrate por la Resurrección de tu Hijo!.

Hoy en día, existen dos corrientes pascuales marianas. Por un lado, quienes abrazan las tradiciones particulares acerca de apariciones del Resucitado a la Virgen María, desde San Ambrosio de Milán, en el ámbito monástico oriental, hasta Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, y otros tantos Místicos a la fecha actual, entre ellos el recordado Papa, San Juan Pablo II.

Por otro lado están los teólogos biblistas que reflexionan en la fe pascual comunitaria de la Virgen María, presente en la Eucaristía del día de Pentecostés junto a San Pedro, los Apóstoles y los discípulos.

Nuestra humilde conclusión es que, de la segunda postura bíblica brota la primera en el alma de la Santísima Virgen María, Madre de la Pascua de la Iglesia, tal el paralelo que marca el anuncio del Arcángel Gabriel a la Elegida en la Encarnación de Cristo, así en la hora de la Resurrección de su Único Hijo.

Experiencia sin igual, que conducirá a la Virgen Madre a esperar con ansias el día del encuentro definitivo con el Señor. Deseo este que la llevará asunta al Cielo en el último de sus días en esta tierra.

Por ello, decimos en este tiempo, durante 50 días: Alégrate Reina del Cielo, Aleluya… Porque el Señor ha Resucitado, Aleluya…