Para el Doctor de la enseñanza moral cristiana la Maternidad Divina de la Virgen María la hace primera en la participación y mediación en la obra redentora de Jesucristo, su Hijo.

Por esta razón, los cuidados de María con cada uno de nosotros, sus hijos, están a nuestra disposición.

El infierno no podrá contra nosotros, dice el abogado y Obispo, fundador de los Redemptoristas.

Lejos de recibir loas, especialmente a su avanzada edad y discapacidad, San Alfonso María recibía de los suyos el peor maltrato. Se levantaba, sin dejar de sufrir aquellas situaciones constantes, y seguía adelante su obra a favor de la Iglesia.

Su fuerza estaba en invocar el nombre hermosísimo de María.

Huir del mundo traicionero y clamar a María, Madre de Misericordia.

Hagamos los sábados dedicados a la Virgen Inmaculada en que la Eucaristía nos hace mirar la vida y su futuro desde nuestra consagración al Señor:
«¡Bienaventurado, hermano mío, si en la hora de la muerte te encuentras ligado con las dulces cadenas del amor a la Madre de Dios! Estas cadenas son la salvación que te aseguran tu salvación eterna y te harán gozar, en la hora de la muerte, de aquella dichosa paz, preludio y gusto anticipado del gozo eterno de la gloria.

Oh María, ¿Cómo puede haber quien no te ame siendo tú tan amable y agradecida con quien te ama? En las dudas y confusiones aclaras las mentes de los que a ti recurren afligidos; tú consuelas al que en ti confía en los peligros; tú socorres al que te llama».