Siendo de familia de amos y maestros, San Benito dejó atrás toda esa gloria de este mundo que pasa en un abrir y cerrar de ojos, cuando nadie lo espera.

San Benito buscaba alcanzar el honor más grande con la Oración de la Iglesia: ser discípulo del Señor Jesucristo Maestro.

El privilegio y prestigio más grande de esta vida es ser esclavo, sirviente de Jesucristo, amo nuestro en el trabajo por el Pan Común de cada día.

Ante este ser y obrar como discípulo o aprendiz perpetuo y esclavo u obrero de Jesucristo, las trabas y dificultades de la convivencia humanas las percibimos como lo que son: pasajeras, transitorias, y sino perduran como traba y agobio, irse a un lugar donde no sean tales.

No vale la pena vivir de manera indigna, agobiados y bajo maltratos. Eso es lo que quiere belzebul, príncipe de los que actúan como demonios y quieren expandir las tinieblas que llevan a la perdición egoísta.

El monje de Nursia tuvo que huir de sus propios compañeros de comunidad. Esos mismos que él llamo a formar comunidad y que no provenían de su bonanza, selorio familias y educación.

En lugar de ello, buscaron asesinarlo. Envenenaron primero el vino, y en otra ocasión el pan que iba a tomar San Benito. Todo esto por envidia, complejos y resentimientos buscando apoderarse del monasterio.

De esto aprendemos que los que quieren matar los sueños e ilusiones, al cuerpo, al orden y al respeto, no tienen ningún poder sobre nosotros.

Cuida, de cada uno de sus siervos, nuestro Padre Celestial. Valemos la Sangre de Cristo, los discípulos de la Santa Comunión.

Por nada ni por nadie, porque todo eso está de paso, paremos de aprender y de servir al Señor, al Hijo de María, la discípula y esclava del Señor.