Hemos iniciado la segunda parte del Tiempo Ordinario bajo el amparo de la María Virgen María, Madre de la Iglesia y de San Felipe Neri, el Apóstol de la Alegría de la Caridad.
Las exigencias de Jesucristo a sus discípulos, a nosotros, son las exigencias mismas de la vida de toda persona adulta, responsable, que tiene sobre sus hombros el peso de cuidar de los suyos y de aquellos que están bajo su cargo.
¿Qué debo hacer para que los demás sean felices? Ellos necesitan de nosotros un rayo de luz, consuelo para sus almas, el anuncio gozoso de la libertad.
Seguir a Jesús es vivir sin dependencias, sin apegos, sin egoísmos, pero sin perder nuestra identidad, mucho menos nuestra dignidad.
La meta es transformar esa casa que habitamos en un hogar.
El contrato de convivencia entre el hombre y la mujer en una alianza de amor, es decir, un matrimonio.
Esforzarnos aún más para hacer de nuestro trabajo un servicio mancomunado.
Nuestros bienes se han de mantener en función del bien de los demás.
Benditos problemas, bienvenidas sean las persecuciones por hacer lo bien hecho. Agradecidos por los traumas y dificultades que nos han marcado.
Gracias a todo eso, podemos valorar ahora, a estas alturas de la vida todo y a todos los que están a nuestro lado. ¡Vale la pena seguir a Jesús!
Comulguemos ahora del 100 por uno, del Pan de Vida Eterna que nos da nuestra familia, la Iglesia de Dios.

