Todos los viernes del año rezamos el salmo 50: Piedad de mi Señor, por tu inmensa compasión borra mi culpa…

El clamor del Rey David, el Ungido de Dios, que faltó a todos los mandamientos e hizo Penitencia porque confiaba en el perdón misericordioso del Dios que lo había elegido.

Nuestro Señor Jesucristo nos ha conseguido a los pecadores el perdón de nuestras culpas, dando a San Pedro y a los Apóstoles en la Iglesia dicho poder como Sacramento.

El Perdón que Jesús te ofrece esta disponible cada vez que te confiesas porque es misericordioso, incondicional con quien se arrepiente y nunca más recuerda los pecados que ha perdonado.

San Ignacio de Loyola invita a practicar la Penitencia porque ella nos libera del egoísmo, nos lleva a trabajar por el bien de todos y nos aparta de los excesos.

Por ello, San Ignacio invita en los Ejercicios Espirituales como penitencia moderación en el vestir, en el pelo y el calzado. También a no desperdiciar el tiempo y no emplearlo en vanalidades o actividades mundanales. Y eximirse de comidas y bebidas extravagantes.

Una vida sencilla, sobria y de servicio. Este es el combate espiritual contra la tibieza espiritual que nos llevará a la Comunión con Cristo, tal como lo pedimos después de recibir el Santísimo Sacramento con la oración Ignaciana clásica:

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén