Todas nuestras tristezas, llanto y amarguras son parte de nuestra ofrenda al Señor. No las podemos ocultar después de más de medio siglo vivido.
¡Habrá alegría, la verdadera! Lo ha prometido Jesús en la Santa Cena, previa a su entrega total en favor nuestro. Solo así se alcanza la alegría que no será arrebata, la que no es superficial, sin sentido, vana. Esa que lleva a perdición.
La verdadera alegría, la que nace de la Pascua, es comparada hoy con el parto de la mujer que pasa por el malestar físico, el tobogán de sentimientos y emociones ante tal acontecimiento.
La madre nunca vuelve a ser la misma mujer después de dar a luz. Sus prioridades y su norte es otro. Ya no es una niña. Se sabe responsable de la vida de su nuevo hijo, y su alegria estriba en la seguridad, bienestar y realización de la creatura que cuida en sus brazos y su crianza.
similar es el trabajo del hombre del campo que trabaja la tierra, del labrador que pasa todas las dificultades con mucho esfuerzo y ttesón al ver que que brota el milagro del frito de la tierra y de su labor, como ocurrió a San Isidro Labrador, quien se alegraba porque calmaría el hombre de todos con su largo oficio sin apenas descanso.
Similar será nuestra resurrección, como un parto, y es la Iglesia que no solo nos da a luz en los Sacramentos de la Fé Católica, sino que ella nos proporciona la alegría que el mundo no conoce en cada Eucaristía en la que se hace presente el Hijo de María Virgen. Pidamos a ella poder participar de ese silencio de Comunión, de plenitud orante, dónde sobran las palabras, y recibimos allí la certeza y el impulso de seguir la tarea que se nos ha dado de ser guías y forjadores de nueva vida para quienes desfallecen a falta del alimento celestial.

