Uno de los santos que dedicó su vida a la educación de los más pobres para que superen dicha situación de exclusión social denunciada y combatida por la verdadera comunidad eclesial.
La Declaración sobre la Educación Católica del Concilio Vaticano II Grabvisimun Educationis ha sido al respecto una carta de ruta al respecto para los creyentes, y un rasgarse las vestiduras por parte de aquellos que no quieren que el progreso, el desarrollo y la fe sean vividos equitativamente por todos.
Por ello, el Concilio cataloga de capital: «la importancia decisiva de la educación en la vida del hombre y su influjo cada vez mayor en el progreso social contemporáneo. En realidad la verdadera educación de la juventud, e incluso también una constante formación de los adultos, se hace más fácil y más urgente en las circunstancias actuales».
Enarbola el Santo Sínodo la bandera del derecho universal a la educación y su noción: 1. Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin, al propio carácter; al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz. Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez.
Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en la cultura ordenada y activa de la propia vida y en la búsqueda de la verdadera libertad, superando los obstáculos con valor y constancia de alma. Hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual. Hay que prepararlos, además, para la participación en la vida social, de forma que, bien instruidos con los medios necesarios y oportunos, puedan participar activamente en los diversos grupos de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los otros y presten su fructuosa colaboración gustosamente a la consecución del bien común.
No solamente se trata de la mejor calidad educativa para todos los niños y los medios que la faciliten, también respecto a la educación universitaria y el espacio que en ellas han de tener las facultades de ciencias sagradas conforme al Magisterio de la Iglesia.
El Pan de la Educación no es un privilegio ni un negocio, por ello la Iglesia lo ha de facilitar para todos.
¡María, Trono de la Sabiduría… Ruega por nosotros!

