Uno de los Santos Padres, junto al Papa San Dámaso I y a San Ambrosio de Milán, a quien celebramos en el Adviento cada año, dándole así su pleno sentido de tiempo litúrgico que a la vez destaca un aspecto central del Misterio de Cristo en su Iglesia y a la vez su sentido general y por tanto pleno.

Y junto a San Ambrosio y San Juan de la Cruz ejercen el carisma de Doctores o Maestros universales para todos los tiempos de la recta doctrina cristiana.

El Santo Obispo de Damasco nos enseñó que la unidad de comunión perfecta en Cristo de la naturaleza humana y la naturaleza divina nos conduce a la Comunión con el Padre, en Hijo y el Espíritu Santo.

Por ello, podemos adorarle en la Eucaristía y en la representación de aquellos que refieren a su Comunión Santa, desde las imagenes del mismo Cristo, la Virgen María, los Apóstoles, Mártires y Santos, así como los lugares y objetos sagrados.

Bien sabemos que el Damasceno no fue preseguido por vivir fuera del Imperio Romano que persiguió a la Iglesia de los siglos VI al IX DC por la Doctrina Católica de la Iconodulia o Veneración de los Santos y los objetos sagrados de Culto Cristiano.

¡Qué nuestra participación en la vida de oración de la Iglesia nos haga generosos hasta el martirio y sobre todo, mejores personas!