Los ojos de Jesús miran y declaran bienaventurados a sus discípulos y a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran y a los odiados, a los excluidos, a los que insultan, a los proscritos por causa del Hijo del Hombre porque su recompensa será grande en los Cielos.

Esto lo vivió en carne propia el mismo Apóstol de los negros que junto a comunidad de impronta sacramental y misionera de tiempos terribles de la colonia y la conquista de América.

En el Evangelio de San Mateo las Buenaventuranzas abarcan la dimensión espiritual y social de la vida cristiana. En cambio, San Lucas, en su obra, refiere dicha realidad a la gran mayoría de excluidos de la riqueza económica y de la saciedad en todas las cosas y que nunca está satisfecha, en cambio siempre, esta quiere todo y a costa de pisotear a los demás, que buscan diversión y la buena vida como cumbres de la existencia, y delante de ellos todo el mundo habla bien de si mismos cuando hay un interés y beneficio.

No sé trata de denunciar como postura nacida del resentimiento, los complejos y la envidia que incitan a la violencia y en el fondo buscan participar y quedarse con los bienes materiales, olvidándose estos falsos profetas de provienen, de quienes defendían en un principio y asumiendo el estilo de vida que tanto combatían.

De San José y su Madre, aprendió nuestro Señor Jesucristo a consolar y dar fortaleza a los que sufren, lloran, atraviesan el duelo y pasan por el destino de los profetas de Dios.

De las Buenaventuranzas de Jesús en la Eucaristía si queremos participar y que todos sin excepción se beneficien por igual. Para ello, trabajemos por el Reino de Dios.