A la Casa de Dios acudimos los discípulos que vamos con Jesús por el camino.

Tenemos hambre de sentido de vida y de eternidad. Ofrecemos allí el pan, frito de nuestro trabajo, en favor de tantos que no tienen que comer.

Los fariseos, como todos, hemos de reconocer que Jesucristo es el Señor de nuestro sentir y quehacer en favor del bien de todos.

Ahora compartiremos el Pan del Altar que traerá paz a nuestras almas.