Toda la Iglesia se prepara para el final del Tiempo de Pascua. Necesaria era la partida de Jesucristo al Padre Celestial para que nos enviase al Paráclito, al otro Defensor, el Abogado Celestial, Quien siempre estará con nosotros en la Iglesia guiada por los sucesores de los Santos Apóstoles, presentes durante este discurso de la Santa Cena.

La condición para estar en Comunión es cumplir los 10 mandamientos de la ley de Dios. Al mentir, robar, la violencia física deshonrar a los mayores y a las autoridades, al cometer adulterio y actos impuros, codiciar, envidiar, y no asistir a comulgar del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Domingos y días de precepto , debemos confesarnos lo antes posible ara librarnos de la condenación del infierno.

Buscar el rostro de Dios, en especial, en el otro Sacramento, como se le llama a los pobres y más necesitados, es dar la espalda a lo mundanal.

Nos referimos a los lujos en todos los ámbitos, a las diversiones de todos los fines de semana y asuetos, al excesivo cuidado de la apariencia física y los retoques cosméticos.

En cambio, una vida austera, con lo necesario para vivir, dedicados al servicio por entero del bienestar de los propios y de los demás, sin estar todo el tiempo en mil actividades fuera del hogar y lejos de la familia, aunque sean eclesiales, de modo puntual a lo que se asiste, con bajo perfíl, mesura y orden en lo que se invierte el tiempo es vida en el Espíritu Santo, vida cristiana.

La semana que viene celebraremos el Misterio de Quien se ha ido, pero volverá, y está con nosotros en el Altar… La Ascención de Nuestro Señor Jesucristo, necesaria para que nos envíe a su Espíritu Santo en los Sacramentos de nuestra Madre, la Iglesia.

Nos somos huérfanos. La iglesia nos nutre y nos guía. No hay otra manera de estar nosotros con el Padre y el Hijo.

Pidamos por mediación de la Inmaculada Virgen María que nos enseñe a amar a Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, cuestión que se comprueba cumpliendo los Mandamientos de la ley de su amor. Y ahora recibamos la mayor manifestación de Cristo, el Don de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.