Después de escuchar del Papa León XIV en su primer mensaje de Cuaresma de la importancia de hacer silencio y escuchar la Palabra de Dios, nos detenemos en la segunda parte del mismo: el ayuno.
Casa viernes de Cuaresma, como es costumbre de ayuna. Y después del miércoles de Cenizas, hoy viernes recibimos el texto acostumbrado de Isaías, el ayuno que agrada al Señor.
Dice el Papa Agustino: la abstinencia de alimento es insustituible en el camino de la conversión. Sirve para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.»
Añado, en mi ignorancia, que la situación de miseria de nuestros barrios de tantos niños, impedidos y ancianos demanda que los alimentos y que no utilizamos los viernes de ayuno, los donemos a personas que carecen de lo más mínimo para comer.
De lo contrario, solo estaríamos haciendo un ayuno intermitente para desintoxicarnos, bajar de peso y enorgullecernos del ejercicio ascético hecho.
Del ayuno a la oración y de ahí a la limosna.

