Después del capítulo 3 del nuevo nacimiento del agua y el Espíritu, la Pascua despliega el acontecimiento del Pan de Vida.
San Felipe Apóstol eleva el grito de la multitud a Jesús: No hay pan para tanta gente que desfallece buscándole.
San Andrés Apóstol presenta a Jesús al hombre vocacionado, jóven, inexperto pero ilusionado, que da todo lo que tiene, no se guarda nada para sí.
La Iglesia no dejará nunca de repetir el gesto de su Señor en acción de gracias o Eucaristía al Padre Celestial, de partirlo y repartirlo a la multitud incontable y de todos los tiempos.
Huyamos, como Jesús, de la gloria de este mundo, de las pretensiones de sus reyes. La verdadera Pascua es dedicar la vida a repartir este Pan en abundancia.

