No hay tiempo que perder. Sería una pena gastar lo que nos queda de vida en cuestiones insulsas.

Hay que proteger nuestra decisión de ser discípulos de Jesús, el Maestro Resucitado.

Somos amigos del Esposo y hemos sido convocados a las bodas, al banquete del Cordero.

La paz por la decisión que hemos tomado de seguir a Cristo no se cambia por ningún status o propiedad, y el respeto a los demás y a uno mismo es más importante que cualquier compañía o grupo en el que se busque mitigar la soledad.

Nuestro tiempo es limitado. Salgamos de entornos que drenan y agotan porque nos piden ser de una forma u otra.

En cambio, la plenitud la encontramos en la celebración litúrgica de la Iglesia y en las obras de caridad que demandan los excluidos y los carentes de alimento y vestido.

Tenemos que aprender a diferenciar lo funcional y práctico de lo emocional y afectivo.

Muy pocos son los amigos que atesoramos en el corazón, a diferencia de laa muchas personas que ocasionalmente entran en nuestra agenda para realizar un trabajo.

Hemos de descartar lo que expira: el ego, el ruido, el frenesí del disfrute de lo novedoso, lo popular y lo superficial.

Vamos revestirnos de la sabiduría del Reino de Dios que se adquiere con los años.

Bebamos del nuevo Vino que es la Sangre de Cristo que se valora a precio de años de largo aprendizaje, la mayor parte del mismo con los errores y otra parte del decidirse, sin dar explicaciones, por lo el camino que manda la Iglesia.