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En estas últimas semanas, al ver a la gente sopesar alternativas a Twitter, me acordé de algo que ocurre en todos los episodios de ¡A ordenar con Marie Kondo!

Es cuando Kondo les pide a sus clientes que pongan toda su ropa en un montón gigantesco (a menudo aterrador) antes de juzgar prenda por prenda. Aunque a veces se reduce a Kondo a una simple minimalista que te dice que te deshagas de todo, para mí, su trabajo tiene más que ver con el propósito y con el cultivo de unos lazos significativos con las cosas que posees. Con frecuencia, los clientes de la serie tienen que afrontar quiénes son y quiénes quieren ser, y cambios fundamentales que les da demasiado miedo enfrentar, o para los que están demasiado ocupados. Para Kondo, ordenar tus cosas es ordenar la mejor versión de una misma y tu idea de qué constituye una buena vida.

Esta lección de los espacios offline se puede aplicar a los hábitos digitales, en especial los que conforman nuestra experiencia del tiempo. ¿Qué ritmos digitales seguimos activamente porque nos hacen sentir bien, y a cuáles nos vemos sincronizados? La sincronización (en inglés “entrainment”), en el campo de la biología —aunque después se ha extendido a las ciencias sociales— se refiere a la armonización de la fisiología o la conducta de un organismo con un ciclo. El ejemplo más conocido sería nuestro ritmo circadiano. La señal que impulsa la sincronización, en este caso la luz y la oscuridad, se denomina zeitgeber (“temporizador”, en alemán).

El concepto de sincronización indica que hay muchas cosas que pueden afectar nuestra experiencia del tiempo, más allá de las horas que tenga el día. El artista de performance Tehching Hsieh lo demostró con un ejemplo extremo: su “Time Clock Piece (One Year Performance 1980-1981)”. La perfomance consistía en que, a lo largo de un año entero, fichaba en un reloj en todas las horas en punto y se tomaba una foto. Aunque Hsieh se había impuesto él mismo esta sincronización, cualquier persona que tenga que salir cada día de casa antes del amanecer, o cualquier asistente que adapte sus actividades a los horarios y preferencias de la persona para la que trabaja sabe lo que es sentir que ni siquiera nuestro tiempo “libre” lo es de verdad si estamos pensando constantemente en ello. La sincronización a las actividades de otras personas o instituciones conlleva a menudo que tengan poder sobre nosotros, al obligarnos a darnos prisa, a esperar o a ambas cosas.

En nuestra relación con Twitter y otras redes sociales parece darse algo parecido a la sincronización. El ritmo de las actualizaciones y las notificaciones hacen las veces de un potente zeitgeber, uno que puede incluso imponerse a nuestro ritmo circadiano, como sabe cualquiera que acostumbre revisar las redes por la noche. La primera vez que fui consciente de lo profunda que era mi sincronización fue después de las elecciones de 2016, y después otra vez al comienzo de la pandemia. Me daba la sensación de que, cuanto más utilizaba estas plataformas, más me ajustaba psicológicamente a un cierto número de fotogramas sociales por segundo, con su tictac constante de novedades que pronto derivaban en la indignación. Era como si encender mi teléfono revelara un fluir del tiempo mucho más rápido que el de la habitación en la que me encontraba.

Los síntomas del cambio resultante en mi percepción del tiempo fueron muy variados.

Me resultaba más difícil prestar atención a otros acontecimientos o procesos que duraban más o transcurrían con menos espectacularidad, incluso cuando eran cosas que me importaban, como los efectos del cambio climático, las campañas ciudadanas de defensa de la vivienda o los detalles de la vida de mis amigos. Me daba la impresión de que mis ciclos de pensamiento eran más cortos, o que nunca llegaban a completarse. Incluso respiraba más deprisa, como si una bocanada de aire completa no cupiera en esos pequeñísimos intervalos, y me dolían las articulaciones de estar en un constante estado de expectativa. Era como mantener fruncido el ceño, pero con todo el cuerpo.

Lo más agobiante era la sensación de que me faltaba sustancia y de que el mundo físico, con todas sus ínfimas fluctuaciones y sus cambios graduales, estaba perdiendo de algún modo color y textura.

En los últimos años, en parte por la crispación mental que sentía, empecé a evitar por completo mis cuentas de Twitter e Instagram. Desde esa lejanía, me senté a escribir en papel qué quería realmente de esas plataformas. La respuesta acabó siendo: identificar a otras personas como yo, conectar con personas con intereses comunes y cuyo trabajo admiro y la capacidad de encontrarme con nuevas ideas inesperadas. En vez de algoritmos, quería que esas cosas nuevas me las recomendaran personas que sabían decir por qué les gustaban, como los temas que usa semanalmente un DJ de la estación de radio de mi universidad, cuyos variadísimos gustos me cuesta mucho describir, pero que siempre sé que voy a disfrutar. En realidad, creo que lo único que quería era tener un poco más de contexto.

Con esto en cuenta, empecé poco a poco a juntar otras cosas; en ese momento, una mezcla de correos electrónicos, grupos de chat y suscripciones RSS. Sin embargo, buscar más contexto suponía a menudo ir más despacio, y, al hacerlo, fui consciente de mis hábitos y expectativas anteriores en relación con el tiempo y los ritmos. La información ya no salía sin cesar de una manguera de incendios, y, aunque me había quejado precisamente de eso, el cambio me hacía sentir incómoda e insatisfecha. ¿Qué estaba pasando por alto? El experto en gestión empresarial Allen C. Bluedorn ha escrito que estas pautas de sincronización pueden persistir en una organización mucho tiempo después de la desaparición del zeitgeber, y es más o menos lo que me pasó a mí.

Muchos años de temporalidad habían dejado una profunda huella en mi cerebro, como si madrugara para ir a un trabajo que ya no tenía.

Con el tiempo, esa huella se volvió más borrosa, y me acostumbré a una definición distinta de “estar conectada”. Sin las constantes actualizaciones, empezaron a asomar las señales de otros tempos: la migración de los patos que llegan al lago cercano, el largo correo electrónico de un amigo que solo escribe cada pocos meses y requiere toda mi atención, la nada glamurosa reunión del ayuntamiento, el largo contexto histórico de algo que ahora está acaparando las noticias. Mi cuerpo, al respirar, comer y dormir, se sentía más real, con más adherencia a las minucias sensoriales del día a día. Incluso podía ver más lejos en ambas direcciones: la del pasado, con todos sus fracasos y triunfos, y la del futuro, donde podría hacer algo aún inimaginable. Pero lo que estoy explicando no fue una progresión lineal, con un punto de inflexión a partir del cual todo cambió. De vez en cuando, vuelvo a sentir la atracción de ese viejo reloj, y tengo que recordar apartarme.

Por supuesto, no todo el mundo tiene tanta suerte. La sincronización de los ritmos del trabajo, la salud o el cuidado de los hijos son más el reflejo de unas relaciones de poder que unas decisiones personales, y ajustar muchas de ellas requerirían la acción colectiva o el apoyo externo. Sin embargo, para muchos de nosotros, enchufarnos al ritmo de las redes sociales puede no ser tan necesario como parece. Si la experiencia que describí te resulta familiar, intenta alejarte. Averigua si las cosas que en un principio buscabas en las redes sociales, incluidas las que nunca encontraste allí, podrían obtenerse mediante canales más lentos, menos comerciales, con menos incentivos para mantenerte enganchado.

En la serie de Marie Kondo, aparte del ajuste de cuentas con el montón de ropa, hay otro momento que se repite en casi todos los episodios. Los clientes, que por lo general empiezan sintiendo terror o impotencia, se sorprenden al darse cuenta de que en realidad están disfrutando del proceso. Al liberarse momentáneamente de los viejos hábitos, manifiestan esa esquiva emoción de tomar decisiones esperanzadas y lúcidas sobre cómo quieren que sea su vida. Al final de cada episodio, el espacio vital transformado no parece salido de una lujosa revista de decoración: solo parece el espacio de alguien que ha tenido el tiempo de pensar las cosas.

Lo mismo puede decirse aquí: al dejar marchar ese ritmo abrumador, estás invitando a venir a otros. Y lo que es quizá más importante: recuerda que el orden lo debes poner tú.

Jenny Odell es autora de Cómo no hacer nada: resistirse a la economía de la atención y Saving Time: Discovering a Life Beyond the Clock, de próxima publicación.

Fuente: nytimes.com