La advertencia es muy clara en el Evangelio de San Mateo 6, 12-15: si ustedes perdonan las ofensas a su prójimo, su Padre del Cielo perdonará las suyas, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su padre del Cielo perdonará sus ofensas.

El no perdonar trae consigo enfermedades emocionales y espirituales. Trastornos psicológicos se producen a causa de albergar odios, rencores y resentimientos.

Si fomentamos el deseo de venganza, la ira se apoderará de nosotros, así como la amargura y la decisión maligna de vengarse contra contra los demás.

Para poder comulgar hay que perdonar antes de llegar la ofrenda al Altar.

El nuevo mandamiento de la Santa Cena del Señor es el amarse unos a otros.

Hay que reconciliarnos, para sanar nuestra alma y adquirir la salud mental, con Dios ante lo que le recriminamos porque no aceptamos su voluntad.

También con uno mismo, aceptar nuestros fallos constantes, limitaciones e incluso perdonarnos porque somos traicioneros y desleales.

Hay que confesarse de nuestra falta de perdón con los que nos ofenden y de la poca misericordia con los más necesitados.

Perdonar incansablemente.

Perdona a tu Padre y madre, hermanos, abuelos, tíos y primos, profesores y compañeros de clases, a tu cónyuge y a tus hijos, padrastro y madrastra y sus familiares y conocidos, novios, obispos, sacerdotes y monjas, jefes y compañeros de trabajo, vecinos, miembros de la Iglesia y a las personas que más daño nos han hecho, incluso lo que ya han fallecido.

Busquemos está sanación de las heridas que nos han causado y pudimos perdón a los que hemos lastimado y dañado, incluso restaurar lo que le hicimos perder.

Pidamos perdón a los que hemos ultrajado, maltratado dañado y olvidado.

Oremos con la Plegaria II de Reconciliación con los demás para perdonar y pedir perdón a los enemigos, por la falta de justicia y amor a todos.